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LA
LITERATURA MÁS ALLÁ DE LA ESTÉTICA
Florinda Álzaga Loret de Mola
La literatura como obra de arte - inspiración y desvelo, creación que se expresa mediante la palabra hablada o escrita, ficción o realidad, manifestación estética que penetra y purifica-, presenta, además, diversas dimensiones secundarias a su esencia. Dimensiones accidentales en cuanto al concepto mismo de la literatura, pero esenciales en cuanto a su función en la vida humana en general y en la vida individual del lector que asimila y evalúa y siente y crece en la lectura. Pasemos a analizar algunas de ellas.
I) La literatura como necesidad para el crecimiento
espiritual de un hombre y de un pueblo.
Si entendemos por creación literaria
aquella en la que en una u otra forma hay belleza, podemos afirmar que
con su contacto se ennoblecen las almas, se afina la capacidad de evaluación
del espíritu, y los hombres adquieren mayores quilates al aumentar,
con la literatura, su sensibilidad estética. De ahí que afirme José
Martí en su brillante ensayo sobre el poeta Walt Whitman:
¿Quién es es el ignorante que mantiene
que la poesía no es indispensable a los pueblos?
Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda
la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega
o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba
las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento,
es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta
les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla
les da el deseo y la fuerza de la vida.
[i]
La literatura, fuente de vigor,
de aliento, de esperanza, de fe; necesidad vital, estímulo necesario
que confiere a los pueblos, con el fortalecimiento espiritual, una perspectiva
más amplia y profunda, un sentido mayor de goce y comprensión y, también,
de unidad al descubrir las raíces comunes que son el supuesto de un
pueblo o de una cultura. Esta huella que la literatura deja
en nuestras vidas es una realidad innegable que se yergue frente al
lector. “En el goce de la literatura el punto de partida, tanto del
productor como del consumidor, es siempre la intuición”,
[ii]
dice Anderson-Imbert en su estudio La
crítica literaria y sus métodos. El escritor siente la inspiración
y la vierte en palabras creando la obra literaria. El lector, por su
parte, siente, percibe la intuición del autor transmitida en la obra,
la hace suya, y se estremece con ella gracias al autor, que unido a
él a través del tiempo y del espacio le comunica la inspiración. En
una de sus últimas canciones, Unamuno expresa este concepto maravillosamente:
Me destierro a la memoria, voy a vivir del recuerdo. Buscadme, si me os pierdo, en el yermo de la historia, que es enfermedad la vida y muero viviendo enfermo. Me voy, pues, me voy al yermo donde la muerte me olvida. Y os llevo conmigo, hermanos, para poblar mi desierto. Cuando me creáis más muerto retemblaré en vuestras manos. Aquí os dejo mi alma -libro, hombre-, mundo verdadero. Cuando vibres todo entero soy yo, lector, que en ti vibro.
[iii]
II) La literatura como reflejo de su circunstancia.
Todo escritor escribe en un aquí
y ahora, en un tiempo y un lugar determinados, inmerso en una circunstancia
con la que puede estar o no de acuerdo, a la que puede amar u odiar,
ayudar o combatir o virarle las espaldas en total evasión, pero una
circunstancia en la que se encuentra y con la que tiene que hacer su vida. Circunstancia
ineludible que se refleja directa o indirectamente en la obra como supuesto
consciente o inconsciente de la misma; situación de la que escapa en
ocasiones por mundos de ensueño y de ficción. Darío, representante egregio
con gran parte del modernismo de ese sentimiento de disgusto hacia su
momento, se evade de él mediante la creación y exclama en Prosas profanas:
¿Hay en mi sangre alguna gota de
sangre de Africa, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho
de mis manos de marqués; más he aquí que veréis en mis versos princesas,
reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles; ¡qué
queréis! yo detesto la vida y el tiempo en me tocó nacer.
[iv]
El hoy desde el que se escribe
es un ingrediente insoslayable y sutil que influye en forma directa
o marginal en la íntima inspiración del autor. Declara Anderson-Imbert
al respecto:
Una obra ha sido escrita por una
persona de psicología muy compleja, en una coyuntura de la historia,
en el seno de una sociedad determinada, con una lengua rica en peculiares
tradiciones culturales y con ciertas posibilidades y limitaciones gramaticales.
Esa obra tiende a expresar un mensaje, a veces claro, a veces oscuro,
en formas que se renuevan.
[v]
Como consecuencia de todo lo expuesto
anteriormente podemos afirmar que, la literatura de un pueblo o de una época, tomada
en conjunto, recoge la esencia de aquellos, nos pone en contacto con
su espíritu. En su análisis de la obra poética de Rafael Pombo y posteriormente
en su magnífico ensayo sobre Walt Whitman, escribe Martí:
O la literatura es cosa vacía de
sentido o es la expresión del pueblo que la crea; los que se limitan
a copiar el espíritu de los poetas de allende, ¿no ven que con eso reconocen
que no tienen patria, ni espíritu propio, ni son más que sombras de
sí mismos, que de limosna andan vivos por la tierra?
[vi]
Cada estado social trae su expresión
a la literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera
contarse la historia de los pueblos, con más verdad que por sus cronicones
y sus décadas.
[vii]
Años después, Juan J. Remos nos
dice con claridad pedagógica en su Historia
de la literatura cubana:
El estudio de la historia literaria
es el que más nos adentra en la vida, en el corazón y en el pensamiento
de un pueblo. Puede decirse que es el propio pueblo, a través de sus
poetas y de sus prosistas, de sus tribunos, de sus cantores, de sus
narradores, de sus periodistas, quien habla y se manifiesta en ese testimonio
irrefutable que es el libro, que son el folleto y el periodismo. Cada
tiempo condensa en su literatura correspondiente el alma de su momento.
[viii]
El poeta, caso extremado, radar
sensible que percibe y presiente y capta vivencias sutiles y esencias;
instrumento de Dios que intuye la belleza y siente la poesía plasmándola
en poemas, va por el mundo estremecido, con un algo de infinito en la
mirada, recogiendo dolores y alegrías, desvelos y ensueños, lágrimas
y esperanzas. Lleva a cuesta su tajada de dolor, de irrenunciable soledad
. . . El novelista, el cuentista, el dramaturgo, el ensayista, el escritor
en general, así como los grandes maestros que nos
enseñan a amar la literatura, todos, nos dan, mediante ella, el
alma de una época, el espíritu de un pueblo.
III) La literatura como método
de conocimiento para conocer a otros hombres, a otros pueblos y a otras
épocas.
“Si nosotros queremos entender
una época pretérita, tenemos que reconstruir las formas de vida en ella”,
[ix]
afirma Julián Marías en su Introducción
a la Filosofía. Hay que sopesar lo que implicaba vivir en ese instante viendo los ingredientes de la época no en forma
de enumeración estética sino en una dinámica funcional. La vida haciéndose en un momento determinado.
[x]
Ahora bien,
si tomamos el término conocer no en el sentido estricto de buscar el
ser de las cosas, indagar lo que las cosas son, sino como un amplio
intento de comprender, de saber en el sentido de saber a
qué atenerse, podemos decir que la literatura es un método de conocimiento, una forma que nos permite saber a qué atenernos
en relación a otras personas, otros pueblos y otras épocas. Este ver vidas haciéndose -vibrando, sintiendo- en y
con su circunstancia, bien sean de hombres de otros pueblos o de otras
épocas distintas a nosotros en tiempo y espacio, o de hombres de nuestro
mismo pueblo, contemporáneos o no con quienes tenemos una serie de supuestos
comunes, este saber a qué atenernos sobre los seres
humanos nos lo da la literatura. Nos lo da, no en un sentido de
riguroso método científico, sino como dádiva inesperada consecuencia
de la lectura; conocimiento adquirido sin premeditación ni estudio expreso
por parte del lector: una dimensión con la que no se contaba que súbitamente
amplía nuestro horizonte y enriquece nuestras vidas haciendo llegar a ellas otros modos de ser y de sentir. Una lectura de La Ilíada, Oliver Twist, Facundo, de
El Cid o La Araucana, del teatro
de Lope de Vega, de Cecilia Valdés,
Quo Vadis, el Plantado
de Hilda Perera o Doña Bárbara,
nos regala un conocimiento vivencial mucho mayor -del mundo
griego, de la Inglaterra de Dickens, de la Argentina asfixiada por Rosas,
de las gloriosas jornadas del mío Cid, de los araucanos en su lucha
heroica contra los españoles, de la España del XVI, de la vida colonial
de la Habana, del martirio de los cristianos en la Roma imperial, de
los presos políticos “plantados” bajo el régimen comunista de Fidel
Castro en Cuba o de la pugna entre la civilización y la barbarie en
los llanos de Venezuela- que un estudio histórico de datos y fechas precisas. La poesía lírica,
no incluida en los ejemplos anteriores por ser un caso aparte, nos devela
un conocimiento sobre el sentir del poeta que vierte su intimidad en
el poema y, en forma tangencial más o menos evidente, sobre sus circunstancias. Manifiesta Alfonso Reyes en El deslinde:
La literatura, al igual de todo
testimonio humano -y ningún almacén de hechos más
abundante-, contiene noticias sobre los conocimientos,
las nociones, los datos históricos de cada época, así como contiene
los indicios más preciosos sobre nuestras ‘moradas interiores’, puesto
que representa la manifestación más cabal de la conciencia profunda.
Tales testimonios utilizables por las más diversas disciplinas, significan
un constante servicio extraliterario.
[xi]
Este concepto extraliterario de
la literatura estudiado por Alfonso Reyes en el capítulo segundo de
El deslinde dedicado a la función ancilar
de ésta, aunque coincide con la idea antes expuesta de la literatura
como método de conocimiento en cuanto señala datos y noticias que en
la misma se encuentran, es un enfoque distinto. Reyes se refiere a los
conocimientos que se encuentran en la literatura y pueden ser utilizados
por las diversas disciplinas -historia, sicología, sociología,
economía, etc.-, mientras que la dimensión de
la literatura como método de conocimiento subraya el hecho de que el
lector recibe en forma de vivencias espontáneas, y no como resultado
de una pesquisa más o menos sistemática, un conocimiento gratuito que
enriquece su horizonte cultural. Julián Marías, en su libro Miguel de Unamuno, hace un estudio a fondo
sobre la novela de éste considerándola como un método de conocimiento
encaminado a tratar de entender el problema de la muerte.
[xii]
Unamuno quiere con la imaginación anticipar la muerte,
verla desde el punto de vista del que muere, intentar penetrar el misterio,
vislumbrarlo al menos conviviendo mientras pueda con el que muere sin
remedio:
Cada novela es para Unamuno un
intento de vivir la muerte, de pasar a través de ella, de dejarla llegar,
entrar en su ámbito helado y quedar, a pesar de ello, para verla ya
desde el otro lado, es decir, consumada, para mirar ansiosamente detrás.
[xiii]
Líneas después, reafirmando el
concepto, escribe Marías: “Y por esa anticipación imaginativa la novela
de Unamuno es meditatio mortis”.
[xiv]
Giro inesperado éste que toma la novela de Unamuno
y que rebasa los cauces usuales de la novela como método de conocimiento
dándole un cariz de indagación trascendente que, precisamente por su
unicidad, no hemos querido dejar de apuntar.
IV) La literatura como medio de
conocernos a nosotros mismos: a) como personas; b) como pueblo o nación.
a) Como
personas:
“Conócete a ti mismo”, iba proclamando Sócrates , allá por el siglo V A.C., como imperativo necesario para vivir una vida en plenitud. Examinarse cada uno concienzudamente a sí mismo mediante la razón para llegar a la esencia de su intimidad. Pero el ser humano no está solo, vivir es convivir; el análisis del yo hecho no desde un aislamiento de ermitaño sino desde la relación del yo con los demás. Plantea Ortega y Gasset en El hombre y la gente el problema del yo y del tú, [xv] y recalca en Una interpretación de la historia universal:
[…] el ‘yo’ que cada uno es descubre
de pronto al ‘tú’; es decir, a alguien que creíamos ser idéntico en
todo al ‘yo’ que nosotros somos, y que de pronto se nos revela como
una humanidad, como un modo humano distinto por completo del nuestro;
alguien que tiene la audacia de no ser ‘yo’ y se empeña en ser ‘él’:
ese es el ‘tú’”.
[xvi]
En mi choque con el ‘tú’ que no
es ya un ‘otro-yo’, un alter
ego, sino un ‘tú’ que siente y quiere y piensa y actúa en
forma diferente a mí, van surgiendo ante mis ojos las fronteras de mi
yo; mis características que ahora me aparecen como mías
ante las del otro. El yo que se conoce, que palpa su yo-personal frente
al tú. Mi vida es una: irrepetible, limitada.
En su ámbito caben tan sólo un número determinado de experiencias vividas
por mí en forma directa, o indirectamente a través de la vida de los
otros: prójimos -próximos-, hermanos. Puedo, sin embargo, ampliar mi horizonte
de experiencias, virtualmente vivir
otras vidas en compenetración profunda y breve tiempo mediante la
literatura. Después, al retornar a mi mundo real del que me fui con
la imaginación en la lectura, surge más vigoroso el perfil de mi yo
que se afirma, cuestiona y descubre frente a los “tus” que irrumpieron
con fuerza en mi vida esgrimiendo sus dotes y rasgos, diferencias y
limitaciones. La literatura como medio de afianzarme y conocerme: experiencia
vital que hace crecer.
b) Como
pueblo o nación:
¿En qué sentido podemos decir que
la literatura es un medio de conocernos como pueblo o nación? Resalta
Ortega y Gasset en Historia como
sistema:
Para comprender algo humano, personal
o colectivo, es preciso contar una historia. Este hombre, esta nación
hace tal cosa y es así
porque antes hizo tal otra y fue de tal
otro modo. La vida sólo se vuelve un poco transparente ante la razón
histórica.
[xvii]
Tenemos que saber lo que fuimos,
conocer nuestras raíces, dar razón del pasado para entender a su luz
lo que somos como pueblo; paladear nuestra esencia en su hacerse a través
de los tiempos: el pasado en forma de experiencia que surge condicionando
el hoy de la nación. La literatura nos brinda a través
de sus ensayos y poemas y cuentos y teatro y novelas un conocimiento
vivencial e ideológico de lo que fuimos,
nos pone en posesión de nuestro ayer y nos ayuda a tener conciencia
de patria, sentido de pertenencia, amor a lo nuestro, orgullo nacional.
V) La literatura como medio
de evitar errores futuros.
El pasado en forma de experiencia,
de historia vivida, da razón de mi presente, ilumina lo que somos, enfatiza Ortega y Gasset
en Historia como sistema.
Sólo sabiendo lo que somos podemos proyectar futuro: lo que queremos
ser como personas, como pueblo o nación. Este pasado que esclarece el
presente, limita a su vez el porvenir, porque cuando se ha vivido a
fondo una forma de vida, cuando se ha tenido una experiencia verdadera
con su dosis de bondad y maldad, cuando se han palpado los contornos
de nuestro empeño, no podemos embarcarnos nuevamente con la misma ilusión
e inocencia en un segundo intento similar.
[xviii]
La experiencia adquirida sirve como timonel, y el
barco augura llegar a puerto salvando los escollos, ahora conocidos,
que se pueden por tanto evadir. La literatura, que me transmite
experiencias pasadas cuyos aciertos y fallos revivo por ella, puede
ser brújula y faro: profética guía que al descubrir errores evite caídas
incautas en los mismos yerros. Solzhenitsyn, en su discurso enviado
a Estocolmo desde Rusia al serle otorgado el premio Nobel en l970, asimismo
asigna a la literatura, y en general al arte, la función de vigía, de
alerta hacia el futuro:
De hombre a hombre, rellenando
su corto tiempo terrenal, el arte transmite enteramente el peso de una
larga experiencia vital ajena, con todas sus cargas, colores y jugos.
Reproduce en carne viva la experiencia vivida por otros y la entrega
como propia para su su asimilación. E incluso más, mucho más: ¡países
y continentes enteros repiten ajenos errores, a veces con un retraso
de siglos, cuando parece que todo se ve con claridad! Pero, no: lo que
unos pueblos ya han experimentado, meditado y rechazado, es inesperadamente
descubierto por otros como la última palabra. Y también
aquí: el único sucedáneo de las pruebas no experimentadas por
nosotros son el Arte y las Letras. Les ha sido dada una capacidad
milagrosa: por encima de la diversidad de lenguas, costumbres y sistemas
sociales, transmitir la experiencia vital de toda una nación
a toda otra nación, que nunca conoció la difícil experiencia nacional
de muchos decenios; y en el mejor de los casos, salvaguardar a una nación
entera de un camino demasiado largo o erróneo, e incluso mortal, acortando así los
recovecos de la historia humana.
[xix]
VI) La literatura como medio
de evasión.
La dimensión de la literatura como forma de evasión puede analizarse
desde dos puntos de vista: la evasión del autor y la del lector. El autor inmerso en la circunstancia
en que le tocó vivir, a veces sintiendo ante ella repulsión o disgusto,
pretende ignorarla o evadirla escapando hacia mundos imaginarios o lejanos:
fantasía, realismo mágico, literatura de alienación . . . (Ya vimos
el caso de Darío.) El lector, por su parte al penetrar
en el mundo de ficción que toda obra ofrece, se compenetra con ésta,
vibra con su impacto, se sale de su vida personal y vive virtualmente
durante un tiempo indefinido, mediante su imaginación, otras circunstancias,
otras ideas, otros problemas, otras vidas con las que se compenetra
y convive. La literatura como evasión, a veces liberadora, puede producir
solaz y esparcimiento y escape del cotidiano vivir. Esta dimensión de la literatura
como fuga de nosotros mismos llega a adquirir, en ocasiones, importancia
extrema. Así en Miguel de Unamuno y Enrique José Varona. Unamuno, dilacerado
por su fe en quiebra y su necesidad de obtener una vida perdurable,
exclama:
Yo necesito la inmortalidad de
mi alma; la persistencia indefinida de mi conciencia individual,
la necesito; sin ella, sin la fe en ella, no puedo vivir, y la
duda, la incredulidad de haber de lograrla, me atormenta.
[xx]
Esta agonía que lleva a Unamuno
a querer penetrar el misterio de la muerte enfrentándose a la misma,
a intentar vivirla con la imaginación como antes apuntamos, esta anhelante
desazón que lo hace buscar una cierta inmortalidad para su nombre y
para su espíritu en la vibración que logre transmitir a los lectores
con sus escritos, lo impelen a afirmar: “La literatura es acaso el mayor
y casi único consuelo de haber nacido que les queda a los españoles
que han tenido la desgracia de perder la fe religiosa en otra vida de
ultratumba.
[xxi]
Por otro lado, Enrique José Varona,
el filósofo positivista más importante de Hispanoamérica cuya adscripción
filosófica lo induce a la negación de toda metafísica, escéptico, determinista,
defensor de la verdad relativa y del subjetivismo, atado al materialismo
y al método empírico como única forma de conocimiento, vibra sin embargo
frente a la literatura y la belleza cantando sus inquietudes en poemas
como “Alas”. De ahí que concluya Mercedes García Tudurí en su penetrante
ensayo “Vocación íntima de Varona” al referirse a la postura de éste
frente a los valores estéticos: “A través de los últimos realiza su
salvación, y en virtud de esta circunstancia, Varona resulta ser, esencialmente,
un gran artista. La literatura es la vía de escape de su espiritualidad.
[xxii]
VII) La literatura como consecuencia de una gran
idea filosófica, religiosa, o científica.
Postula Ortega y Gasset en Historia como sistema:
[…] el diagnóstico de una existencia
humana -de un hombre, de un pueblo, de
una época- tiene que comenzar filiando el
sistema de sus convicciones y para ello, antes que nada, fijando su
creencia fundamental, la decisiva, la
que porta y vivifica las demás.
[xxiii]
Esa creencia fundamental en y de la que vive una
época o pueblo fue, en su origen, una gran idea. Idea que paulatinamente,
al ir siendo aceptada, asimilada, vivida por la gente como la realidad, dejó de ser pensada en cuanto teoría abstracta convirtiéndose
en supuesto: creencia, convicción en la que se está, de la
que se vive; certidumbre en la que el hombre descansa espontáneamente
sin hacerse cuestión de ella.
[xxiv]
Esta creencia, latente y decisiva, opera sobre el
ambiente en forma “impensada”, subterranea, e imprime su huella en la
vida, individual y social, y en el mundo sutil de la creación. He aquí el porqué, además de otros
factores secundarios, nacen y florecen, con breve diferencia de años,
aunque con ciertos rasgos nacionales, las mismas escuelas literarias
en aquellos países que pertenecen a una cultura común -en nuestro caso, la cultura occidental.
Surge así un barroco, un romanticismo, un neoclasicismo, un realismo,
un naturalismo, un vanguardismo en la literatura francesa, inglesa,
alemana, española, hispanoamericana . . . Esta tesis, aplicada igualmente
a las artes, hace posible explicar los paralelos evidentes que suelen
aparecer, con más o menos intensidad en una misma época, entre las distintas
escuelas de literatura y sus manifestaciones correspondientes en las
artes: pintura, escultura, arquitectura, música, a veces danza . . . Martí escribe de pasada en “Boletines
de Orestes”: “Trae cada sistema filosófico una literatura, consecuencia
suya”.
[xxv]
Es preciso, sin embargo, ampliar esta afirmación.
En la Edad Media la gran idea que se convirtió en supuesto rector de
toda una época fue religiosa y, a partir del XVII, fueron las ciencias
físico-matemáticas con su auge deslumbrante quienes influyeron radicalmente
en la humanidad trayendo como consecuencia el positivismo y el materialismo
filosóficos. La filosofía, no obstante, es quien ha aportado la mayor
parte de las veces la idea decisiva que posteriormente se convierte
en convicción: sustrato último que influye, no sólo en la literatura,
sino en las artes en general cuyos paralelos se pueden trazar. Esta dimensión de la literatura
como consecuencia de una gran idea -religiosa, filosófica, científica- que habría que fundamentar con explicaciones
y ejemplos, queda tan solo apuntada. Resumiendo: la literatura, además
de su carácter esencial de obra de arte, desde el punto de vista de
su función en nuestras vidas presenta siete dimensiones:
I) La
literatura como necesidad para el crecimiento espiritual de un hombre
y de un pueblo;
II) como
reflejo de su circunstancia;
III) como
método de conocimiento para conocer a otros hombres, a otros pueblos
y a otras épocas; IV) como medio de conocernos a nosotros mismos como personas y como
pueblo o nación;
V) como
medio de evitar errores futuros;
VI) como medio de evasión;
VII) como
consecuencia de una gran idea filosófica, religiosa o científica.
Florinda Álzaga Loret de Mola
(1930-2003). Recibió un doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad
de La Habana y fue profesora de dicha universidad. Profesora en Barry
University, en el estado norteamericano de la Florida, por más de treinta
y seis años, fue designada al jubilarse, Profesora Emérita. Sus libros
sobre la Avellaneda e Hilda Perera, le ganaron un alto reconocimiento
Ficha bibliográfica del trabajo de Florinda Álzaga: Círculo: Revista de Cultura. Vol. XXX, 2001, 65-75.
Notas
[i] José Martí, “El poeta Walt Whitman”, Obras completas, ed. Jorge Quintana (Caracas: n.p. 1964) II, 90. [ii] Enrique Anderson-Imbert, La crítica literaria y sus métodos (México: Alianza Editorial Mexicana, l979) l56. [v] Enrique Anderson-Imbert, La crítica literaria y sus métodos (México: Alianza Editorial Mexicana, 1979) 157. [vi] José Martí, “Rafael Pombo”, Obras completas, ed. Jorge Quintana (Caracas: n.p., 1964) III, 391. [vii] José Martí, “El poeta Walt Whitman”, Obras completas, ed. Jorge Quintana (Caracas: n.p., 1964) II, 89. [viii] Juan J. Remos, Historia de la literatura cubana (Miami, Florida: Mnemosyne Publishing Co., Inc., 1945) I, 7. [xi] Alfonso Reyes, “El deslinde”, Obras completas de Alfonso Reyes (México: Fondo de Cultura Económica, l963) XV, 73. [xiii] Julián Marías, Miguel de Unamuno (Madrid: Espasa-Calpe S.A., l965) Col. Austral #99l, 60. [xv] José Ortega y Gasset, “El hombre y la gente”, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, l964) VII, l24-l96. [xvi] José Ortega y Gasset, “Una interpretació de la historia universal”, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, 1965) IX, 130-131. [xvii] José Ortega y Gasset, “Historia como sistema”, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, 1964) VI, 40. [xviii] José Ortega y Gasset, “Historia como sistema”, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, l964) VI, l3-50. [xix] Alejandro Solzhenitsyn, “Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1970”, Alerta a Occidente (Barcelona: Ediciones Acervo, 1978) 16.
[xxi] Miguel de Unamuno, “Sobre la tumba de Costa”, Ensayos (Madrid: Aguilar S.A., 1964) I, 931. [xxii] Mercedes García-Tudurí, “Vocación íntima de Varona”, Ensayos filosóficos (Nueva York: Senda Nueva de Ediciones, l983) l2. [xxiii] José Ortega y Gasset, “Historia como sistema”, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, l964) VI, l5. [xxiv] José Ortega y Gasset, “Ideas y creencias”, Obras completas (Madrid: Revista de Occidente, l964) V, 379-489. |