MODERNIDAD DE LA PROSA MISTRALIANA: LAS SEMBLANZAS.
Gabriela escribió numerosas semblanzas a lo largo de
su vida literaria, pero a ninguna les dio este nombre, que tal vez a
su modestia hubiera parecido demasiado pretencioso. Algunas fueron tituladas “siluetas”, “semblantes”, “casi retrato”
o “intención de retrato”. La
mayoría cayeron bajo el título general de “Recados”, como llamó durante
años a sus colaboraciones de El Mercurio de Chile y Repertorio
Americano de Costa Rica. Con la excepción de la de sor Juana Inés de la Cruz,
publicada originalmente en su antología Lecturas para mujeres
y alguna otra, el resto es sobre personas que reclamaban el comentario
periodístico por un suceso notable:
la publicación de un libro, una visita, un premio o la muerte.
Muchas son de amigos o conocidos a quienes la cercanía del trato
dio oportunidad de un conocimiento, no siempre profundo, a menudo fugaz,
pero generalmente certero. Ella parte siempre de una impresión sensorial, sea
la cabellera plateada de Alfonsina Storni, sea la mirada del presidente
Balmaceda. Pero esos detalles
visibles que le impresionan se enlazan a otros de naturaleza psíquica
para componer la personalidad del retratado.
Por ejemplo, se apoya en los grandes ojos de sor Juana para aludir
a su racionalismo. No se limita a reproducir las sensaciones provocadas
por el objeto sino que las somete a un proceso interno para ofrecernos
su interpretación subjetiva, su juicio, sobre el personaje (impresionismo
y expresionismo). La cabellera plateada de Alfonsina no sólo le sirve
para contrastar la juventud de su rostro sino su condición de mujer
activa, alegre y vivaz. La mirada
dulce del presidente Balmaceda le hace reflexionar:
Aunque dicen que al pueblo chileno le gusta el ceño
tenebroso y el golpe de tos adentro del mando, lo cierto es que le caen
muy bien las caras cordiales y las mieles de la mirada benévola.
Cuál más, cuál menos, todos andamos con el nudo ciego de la pena
araucana adentro y el rostro jovial que vemos nos lo afloja y nos descansa. (“El presidente” 111).
A veces esa primera impresión sensorial es provocada por un retrato, como en el caso de sor Juana. El muy famoso pintado por Miguel Cabrera, donde aparece la monja sentada frente a una apretada estantería de libros, con una mano apoyada sobre un libro abierto, parece haber sido el estímulo visual. Al describírnosla se vale de los efectos de luz y del claroscuro. Después de explicar que nació en Nepantla, recortado por los volcanes Popocatepetl e Ixtacihuatl, de atmósfera extraordinariamente clara, dice:
Esta luz de meseta le hizo aquellos sus grandes ojos
rasgados para recoger el ancho
horizonte. Y para ir en la atmósfera
sutil, le fue dada esa esbeltez suya que, al caminar, era como la reverberación
fina de luz, solamente. . . Son ojos que han visto en la claridad de
su meseta destacarse las criaturas y las cosas con contornos netos. El pensamiento, detrás de esos ojos, tendrá
también una línea demasiado acusada. Muy delicada la nariz, y sin sensualidad. La boca, ni triste ni dichosa: segura; la
emoción no la turba en las comisuras ni en el centro. . . Los hombros, finos también, y la mano sencillamente
milagrosa. Podría haber quedado
de ella sólo eso, y conoceríamos el cuerpo y el alma por la mano, gongorina
como el verso…Es muy bella caída sobre la obscura mesa de caoba. (“Silueta” 67)
Una descripción similar, estática, pictórica y escultórica
a la vez, con juegos cromáticos, hace de Romain Rolland en el siguiente
párrafo:
La mirada del ojo es una aguja de cristal o una de
esas pequeñas lanzas que el hielo dejaba en mi ventana de la Patagonia
hasta el mediodía. Muy azul
el ojo, más noruego o alemán que francés, un ojo del norte, sin instinto
y sin malicia. La piel, sonrosada, de esa claridad de la lámpara
de alabastro, y aquí la metáfora está desposeída de exageración, piel
de niño o de santo. Circula
una sangre preciosa bajo esta piel.
Los cabellos, que en el primer momento parecen blancos, son solamente
dorados, y agrandan más la frente espaciosa.
. . . En dos materiales podría un escultor hacer esta cabeza
suave y firme: en marfil o en cristal. (“Con Romain”)
En la semblanza de Francisco Contreras la primera impresión es una comparación mental entre la imagen de sus retratos de veinticinco años y la persona que tiene delante y que acaba de conocer. Esa impresión se traduce en una frase rotunda y sólida como un mazazo: “Empieza a envejecer Francisco Contreras” (“Gente nuestra” 34). A Tagore también lo compara con fotografías y dibujos
anteriores:
Las canas son más luminosas que en otra cabeza, unas
bellas canas lustrosas, que parecen aceitadas, o mejor, azogadas. Las arrugas se borran en la piel oscura que
es la que mejor las disimula; el
cráneo es más delicado de lo que se lo apuntan, más ligero en los pómulos; la nariz es la más bella que haya respirado,
es una aguileño tierno de águila de un mes;
la barba, que el escultor le explota abusivamente, es lo menos
mosaico del mundo, corta y aireada, apenas un vapor de labio abajo; una piel del moreno mejor, no marroquí, ni
mongólica, ni indígena, es decir, no negra, ni amarillenta, ni verdosa,
sino del canela árabe-español. (“Un Tagore”)
Es frecuente en Gabriela el giro impresionista en que
aparece la cualidad en primer término:
“la frescura de agua de esta mano”, dice de la de sor Juana,
aludiendo a su juventud en comparación con los viejos eruditos que estudiaban
en los mismos mamotretos en que reposa ahora la mano de la monja (“Silueta”
67). Recurso semejante, de anteponer el adjetivo y comenzar
con él la oración, dándole valor subjetivo y usando, además, la escala
cromática y la sinestesia, se encuentra en la semblanza de Alfonsina
Storni:
Extraordinaria la cabeza, pero no por rasgos ingratos,
sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro
de veinticinco años. Cabello
más hermoso no lo he visto: es
extraño como lo fuera la luz de la luna al mediodía.
Era dorado y alguna dulzura rubia queda todavía en los gajos
blancos. El ojo azul, la empinada
nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil
que desmiente la conversación sagaz de la mujer madura.(“Algunos semblantes”)
Idéntico trastrueque de la sintaxis se observa en la de Manuel Magallanes Moure que comienza: “Ya está la cabeza tranquila de Magallanes Moure, bajo los árboles –mesurados como él mismo- del Parque Forestal” (“Gente chilena: Manuel Magallanes Moure” 28) que recuerda la famosa de José Martí sobre Cecilio Acosta: “Ya está hueca y sin lumbre, aquella cabeza altiva que fue cuna de tanta idea grandiosa. . .” (153) No es de extrañar esta coindidencia estilística.
Gabriela reconoció a Martí como
“el escritor que es el maestro americano más ostensible de mi
obra” (“La lengua” 149), “una de las voces que me han formado” (Valle
8) y su prosa tiene la riqueza, la vitalidad, la armonía y la originalidad
de la del apóstol cubano. En
la semblanza de don Juan Enrique Lagarrigue repite la anteposición del
adverbio de tiempo ya para poner en primer término la idea
de la muerte: “Ya no volveré
a ver esta cara mitad de bonzo, mitad de letrado medioeval, con un perfil
logrado en sequedades de marfiles, conteniendo toda ella un mínimum
de carne y ninguna ensambladura brutal de huesos” (“Gente chilena: don Juan” 54). Hay en ciertos rasgos descriptivos y sinestesias un
matiz psicológico que muestra una gran perspicacia por parte de Gabriela
para captar la personalidad de los individuos, pese a su fama de distraída: “La mirada era dulce, pero no estaba exenta
de fuerza. . .” (“El presidente” 110) dice del presidente Balmaceda. Mientras que en Eduardo Barrios, “la mirada
era de una suave calidez de hombre cordial. . .” (“Eduardo”). En Selma Lagerloff señala “la dulzura altiva
del ojo treintañero que yo le conocía, algo ablandada” (“Tiene setenta”
108) y en Hernández Catá “una dulzura ardiente o un dulce ardor, visible
en su rostro y en sus actos” (“Despedida”).
Al incipiente encanecimiento de Amira de la Rosa, escritora
colombiana, lo llama “jaspeadura dulce de años en los cabellos” (“Amira”)
y la melancolía de Alfonsina Storni al final de su vida “de agridulce
fue resbalando a lo ácido y a lo acerbo” (“Algo sobre Alfonsina”). Es típico de su estilo la sustantivación, del adjetivo
o del verbo, para dar mayor fuerza a la frase. En la semblanza de Magallanes Moure dice que
hay dos maneras de envejecer, como los frutos:
“o con rojez de tribulación . . .o con el encenizado de la ironía”
(“Gente chilena” 28). De Teresa
de la Parra: “Supo vivir como
pocas la juventud en su rojez de fruto cabal” (“Dos recados” 162). Usa otros, como hambreadura, jaspeadura, anagadura, saboreo… En la semblanza de Romain
Rolland apunta que Palma Guillén habla con él, “mientras yo recibo como
en un saboreo las líneas del rostro” (“Con Romain Rolland”). Prefiere los verbos de acción. Usa el intransitivo para expresar cualidad
o estado. De la cabeza de Francisco
Contreras dice: “ella le grisea, entristeciéndole extraordinariamente
la fisonomía descarnada” (“Gente nuestra: Francisco Contreras” 34). El verbo puede ser un neologismo, como en la
semblanza de Pedro Prado, donde Paul Claudel “también sesentanea (“Pedro Prado” 92). Le
gustan los verbos fuertes, expresivos y los que tienen relación con
los sentidos: colorear, cuajar,
jaspear, empalagar, descuajar, travesear, empalar, paladear… Afortunada es en el uso del adjetivo, que añade gran
vigor a su visión del personaje retratado.
En la semblanza del almirante Fernández Vial presenta primero
la imagen que tienen los demás: “Posiblemente
no ha dejado a la mundanísima ciudad de Santiago más memoria que la
de un viejo bueno y deschavetado
que iba siempre sin sombrero por la calle” (“Hombres” 100). El almirante
era un noble excéntrico, incomprendido por su pueblo, un espiritual,
como ella dice: “El signo más turbador de una sociedad materializada
pudiese ser la mofa que hace de sus grandes ‘espirituales’, riéndoles
la generosidad, carcajeándoles en coro el patriotismo angustiado y repudiándoles
la ternura hacia ella misma” (“Hombres” 101). Su empleo del adjetivo lujoso, en la semblanza de Amira de la Rosa, es muy feliz: “Criatura lujosa en el alma ya lograda, pieza
del mayor precio entre las que estamos sobre los escaparates barrocos
de este mundo. Lujosa pecho
adentro, o sea cargada de esas cualidades que son costosas por ser lentas
en subir, que son muy arduas en cumplirse y rematarse (“Amira”). Aparece también el adjetivo golpeador, refiriéndose a la búsqueda angustiosa del escritor de un
nombre que produzca un impacto fuerte y que Amira de la Rosa ha logrado
con facilidad y con el nombre más sencillo. A la mano del retrato de sor Juana aplica dos adjetivos
afortunadísimos: milagrosa y gongorina, que provocan una serie de reacciones psíquicas. Milagrosa traspasa las fronteras de lo
real y de lo puramente estético para penetrar en el campo de lo sobrenatural,
y gongorina enlaza las cualidades
de la poesía de Góngora: lujo,
refinamiento, aristocratismo, con el objeto, es decir, con la mano,
y por tanto con su dueña, seguidora del poeta cordobés. En uno de los párrafos en que describe al presidente
Balmaceda, hay varios adjetivos aplicados sabiamente: “Frente suavemente extensa, de las que yo llamo frentes ‘derramadas’,
y que me gustan mucho, la sabida cabellera romántica, de una seda vivaz
y aireada, y no de aquella que se apelmaza” (“El presidente” 110). Una manera muy suya de acercar el personaje a su intimidad
y de demostrar afecto o cariño hacia él es con el dativo de interés,
muy usado en el valle de Elqui: “Pertenece
a la primera hornada de novelistas chilenos este Federico Gana, especie
de gran señor letrado, que se nos
murió pronto por bohemiadas de las que no supimos apartarlo . . . La pedagogía primero, la política más tarde,
nos descuajaron a un maestro
futuro de la novela . . . (“Literatura
chilena” 154). Es un sentimiento de pesar por la muerte de Gana, como
si a ella le cupiera parte de la culpa colectiva. En la semblanza que en tono doloroso escribe a la muerte
de Teresa de la Parra, hace el contraste entre la Teresa bella, elegante
y mundana que conoció en París y la que vuelve a ver, abatida por la
tuberculosis y profundamente cambiada, en el cuerpo y en el alma, en
Madrid:
Nos nació en la montaña suiza
la segunda Teresa de la Parra . . . Como siempre
me quedo sin comprender cabalmente.
Pero lo que sí veo claro y me desconcierta es el que una criatura
que atravesaba el meridiano mejor del alma para ayudarnos a los demás
con lo que acaba de saber, se nos
borre en esta hora preciosa, se nos
invalide en el tiempo mismo de su aptitud ya consumada para socorrer
nuestra confusión. (“Dos recados” 162,163)
Y el retrato de Eduardo Barrios contiene las siguientes pinceladas:
Eduardo Barrios, en la treintena de años, cuando yo
me lo conocí, era un hermoso varón de cuerpo fino, a pesar
de sus gimnasias militares; la
cabeza pulida en medalla latina contaba la vieja raza; la mirada era de una suave calidez de hombre cordial; la conversación muy juguetona, picada aquí
y allá de una ironía sin agraces . . .(“Eduardo Barrios”)
La misma sensación de familiaridad produce al mencionar
a santa Teresa en la semblanza sobre Teresa de la Parra: “Con la facilidad, la gracia, un donaire no
visto en escritura mujeril desde que se nos
murió santa Teresa” (“Gente americana”). Más ternura aún muestra con el diminutivo. No abusa de él, lo reserva para retratos especiales
como el de Rabindranath Tagore. El
poeta indio fue uno de la media docena de ídolos literarios que tuvo
Gabriela y a quien rindió culto desde su juventud, sin que se le deslustrara
con el tiempo o con el conocimiento personal, como le sucedió con Vargas
Vila. Es muy conocida su frase: “mis
maestros en el arte para regir la vida:
la Biblia, Dante, Tagore y los rusos” (Figueroa 156). Conoce a Tagore, ya anciano, en Nueva York:
. . . y yo veo venir la personita menuda, casi femenina,
más viejecita que vieja,
con el paso de lana de sus zapatillas que llega a sentarse en el sofá
donde nosotros estamos. Más
pequeño parece por la bata que da anchura a la espalda mínima, más por
el ovillamiento de su cuerpo en el diván, más por lo dobladito que se
pone para oir a Miss Miguel que le habla del mal negocio de su exposición.
(“Un Tagore”)
Del maestro Juan Francisco González dice: “Don Juan Francisco, así, como un don de donador, era por mis años de Santiago un viejo de setenta años menudillo como el Tlaloc azteca, armado sobre un mínimum de carne, según el hierro forjado que así en varilla basta y sobra” (“Recado sobre el maestro” 231). Gabriela nació y pasó parte de su vida en el valle de Elqui y no dejó nunca de ser campesina y primitiva. Su origen rural explica los arcaísmos y el tono coloquial de su lengua. Aunque la mayoría de sus semblanzas son de los años veinte y treinta, en plena vigencia de los ismos, ella no cultiva la metáfora abstracta e intelectualizada. Sus metáforas salen del mundo sensible, de la naturaleza. Son cordillera, río, tierra, árbol, fruto, piedra, quebrada, pampa de salitre… La mayoría de ellas son vegetales, es decir, la trasposición de sentido se hace a un elemento del mundo vegetal, pero también las hay animales y minerales. Por eso Magallanes Moure está “maduro” para morir. Lo mismo que un fruto alcanza su sazón, así el poeta había logrado desasirse de lo superfluo y alcanzar un punto de equilibrio espiritual, como el higo coquimbano. De Teresa de la Parra dice que cuando la conoció en París por los años veintisiete o veintiocho estaba “en eso que llaman los campesinos de Elqui ‘el punto’ de cualquier materia: planta aromática, dulce criollo o sazón de edad” (“Dos recados” 161). La vida es árbol y alga. Magallanes Moure “No se trepó como el dominador sobre el penacho de la vida, y la poseyó mejor que él, porque la dejó deslizarse como la alga dócil en torno suyo y se abandonó a ella hasta con cierta renuncia de la voluntad” (“Gente chilena: Manuel Magallanes Moure” 33). Los chilenos son “dominadores y bruscos, y tenemos ruda espontaneidad de brotes de algarrobo”, mientras que Magallanes “era hombre sin ímpetu, cotidianamente fino, y había en él esa lenta pulidura que tiene la caoba en los brazos de la sillería de un coro español” (“Gente chilena: Manuel Magallanes Moure” 29). ¿Cómo explicar “su voluntad de finura”, su intensa vida interior? Gabriela nos dice:
Su sistema nervioso delicado como la nervatura de la hoja del álamo, su estado permanente de emoción, ¿no se parecía al amontonamiento de las fibras secas del cardo, y no restregaba en ellas el corazón, que hurtó a los dolores aparatosos? La introspección de minuto a minuto, el acarreo implacable que hacía su antena viva de las sensaciones, me hace pensar en su corazón como en un nido que recogí de niña, bajo unos higuerales. Estaba hecho de fibras secas y menudas, tan áridas, que el fondo entero me punzaba la mano. Y eso era un nido y tocaba el pecho del ave. La inteligencia da nidos semejantes a los hombres con vida interior. (“Gente chilena: Manuel Magallanes Moure” 30)
Compara su pulcritud con la de las plantas:
Su corrección de indumentaria estaba absolutamente exenta de lujo, y era, sin embargo, una elegancia cabal. Se veía bien con su invariable traje negro, su corbata blanca y suelta y su cuello blando. Sólo una planta es así limpia, sin cepillo visible, y está de este modo donoso. (“Gente chilena: Manuel Magallanes Moure” 31)
Y su cortesía, que ella ve como parte de su pulcritud, era espontánea y natural, “especie de savia dulce de tallo que se vierte sin esfuerzo”. “Era un buen árbol nuestro, Magallanes, lleno de sentidos como de hojas, para escuchar el mundo, y sin embargo, tranquilo” (“Gente chilena: Manuel Magallanes Moure” 32,31). En la semblanza de sor Juana, el rostro es “como la almendra desnuda” y “el cuello delgado, parecido al largo jazmín” (“Silueta” 67). La espina del rosal le sirve de punto de comparación para la ironía de la monja, aunque de manera opuesta: “Tan impregnada está de la ironía sor Juana, que de la conversación y las cartas la lleva hasta el verso. No es así en el rosal, donde la suavidad del pétalo está separada de la espina; la monja pone la espina en el centro de la rosa” (“Silueta” 68). ¿Qué metáfora más gráfica para el cabello que empieza a encanecer: “Comienza en su cabeza la hora de la volteadura del olivo”? (“Gente nuestra: Francisco Contreras” 34). Así dice de Francisco Contreras, novelista, autor de una biografía de Rubén Darío y periodista chileno residente en París. El pintor Juan Francisco González, “Se parecía al espino devorado de las tierras calenturientas en la talla y también en la vaina de garfios y olor, pues era a una vez punzante y tierno” (Recado sobre el maestro” 232). En una transposición de lo no sensible a lo sensible, la sensatez y la manera seria del joven escritor Luis Enrique Delano es “como el leño de la luma nacional al entendedor en maderas” (“Recado sobre el mar” 145). Por la influencia de Taine veía al escritor determinado por su medio geográfico, de ahí la dulzura, la suavidad del carácter de Alfonso Hernández Catá, de infancia cubana: “Una blandura de fruto que se funde en la mano estaba en su trato fácil” (“Despedida”). Sus metáforas de animales quedan en segundo término de abundancia. Teresa de la Parra es “el venado rápido de nuestra sierra”. ¿Cómo expresar que ella, sin poseer facciones perfectas tiene la magia, la gracia que constituye lo que llamamos “la belleza”? Como dos animalitos: el quetzal y el venado: “Así es como se arreglan para ser lindos en el paisaje, sin medidas de partenones corporales, el quetzal de los mayas y el venado de Yucatán. El primero tenía el lujo natural, el otro la fineza mimosa” (“Dos recados” 162,161). Uno de los encantos que encontraba en Teresa era su charla espontánea y llena de criollidad, a pesar de su larga estada en París. Al llegar a la tertulia de los latinoamericanos en la capital francesa, la conversación cambiaba radicalmente: se calienta, se hace donairosa; se sudamericaniza a ojos vistas, como un faisán de la costa que saliese pluma a pluma de la masa del follaje” (“Gente americana”). La abeja es el elemento de comparación para el espíritu selectivo, pero fiel a la amistad, no amigo de muchedumbres ni de grupos, de Magallanes Moure: “Elegía al amigo como la abeja la rosa, y tenía después de la elección la amistad larga y maravillosa” (“Gente chilena: Magallanes” 29). También la abeja representa la poesía de Alfonsina Storni, “que revoloteaba en torno a su tema como la abeja toca su flor, insistiendo a veces, pero sin pesar sobre su lector o auditor. Como en la abeja, el verso danzarín y la estrofa nunca compleja, danzan y punzan como una lancetada rápida y sutil . . .” (“Algo sobre Alfonsina”). Manuel Ugarte tiene “la energía criolla de buen jaguar del Chaco” (“Hispanoamericanos”) y, en metáfora mineral, Manuel Rojas, que venía de la montaña, era “cuajarón de cordillera, rodada al llano” (“Literatura chilena” 155). Para concluir, la prosa de Gabriela Mistral está en la línea de la estética actual por la voluntad de estilo, la novedad léxica, el desplante del giro, la simbiosis de pensamiento y expresión. Para Luis Alberto Sánchez “está entre la docena de grandes prosas del continente, entre la veintena del idioma” junto a la de Martí, Unamuno, Rodó y Ortega (“Ahora los ‘Recados’ ”). Parte de esa prosa son las semblanzas, en las que la palabra se hace pincel y cincel y martillo para sacar a golpe de color, de luz, de ángulo, el alma que animaba el perímetro físico. Mucho hay en ellas de impresionismo, pero también de elaboración mental, de experiencia interior, es decir, de expresionismo. Y ese rejuego, ese reflujo de lo sensorial a lo emocional es lo que les da su modernidad.
Onilda
A. Jiménez. Doctorados en literatura de la Universidad de La Habana
y New York University (NYU) y M.A. de Colubia University. Profesora
emérita de New Jersey City University. Ensayista y narradora, con libros
sobre Gabriela Mistral y José Martí. Su última novela es Vuelta al
Génesis.
OBRAS
CITADAS
Bally,
Charles, Elise Richter, Amado Alonso y Raimundo Lida. El Impresionismo en el lenguaje. Buenos Aires: Instituto
de Filología, Facultad de Filosofía y Letras, 1942.
Figueroa,
Virgilio. La divina Gabriela.
Santiago de Chile: Imprenta
El Esfuerzo, 1933.
Giraud, Pierre. La estilística. Buenos Aires: Editorial Nova. 1960.
Martí,
José. “Cecilio Acosta”. Obras completas. 2da. ed. vol. 8. La Habana: Editorial Ciencias Sociales. 1975.
Mistral,
Gabriela. “El presidente Balmaceda”.
Recados contando a Chile: Selección, prólogo y notas de
Alfonso Escudero. Santiago de Chile: Editorial del Pacífico, 1957.
- -- , “ Silueta de sor Juana Inés de la Cruz”. Lecturas para mujeres. 2da.ed. México:
Editorial Porrúa,
1967.
…, “Con Romain Rolland”. Archivo Gabriela Mistral. En adelante usaremos las siglas A.G.M. para referirnos al archivo de Mistral en poder de Doris Dana y que hemos podido consultar. Contiene los originales de sus trabajos, especialmente de artículos de difícil localización.
---. “Gente nuestra: Francisco Contreras”. Recados contando a Chile.
---. “Un Tagore de Nueva York”. A.G.M.
---. “Algunos semblantes: Alfonsina Storni”. A.G.M.
---. “Gente chilena: Manuel Magallanes Moure”. Recados
contando a Chile.
---. “Gente chilena: don Juan Enrique Lagarrigue”. Recados
contando a Chile.
---. “Eduardo Barrios”. A.G.M.
---. “Tiene setenta años Selma Lagerloff”. Repertorio Americano [Costa Rica] 16
marzo 1929.
---. “Despedida de Alfonso Hernández Catá”.
A.G.M.
---. “Amira de la Rosa”. A.G.M.
---. “Algo sobre Alfonsina Storni”. A.G.M.
---. “Dos recados sobre Teresa de la Parra”.
Repertorio Americano [Costa Rica] 26 sep. 1936.
---. “Pedro Prado, escritor chileno”. Recados contando a Chile.
---. “Hombres según el espíritu: el almirante Fernández Vial”. Recados contando a Chile.
---. “Literatura chilena: algunos cuentistas”. Recados contando a Chile.
---. “Gente americana: Teresa de la Parra”. A.G.M.
---. “Recado sobre el maestro Juan Francisco González”.
Recados contando a Chile.
---. “Recado sobre el mar y sobre un contador
del mar”. Recados contando a Chile.
---. “Hispanoamericanos en Francia: Manuel Ugarte”. A.G.M.
---. “La lengua de Martí”. Revista de Occidente mayo 1966.
Sánchez,
Luis Alberto. “Ahora los ‘Recados’
de Gabriela”. El Nacional
[Caracas] 5 junio 1958.
Valle,
Rafael Heliodoro. Vida universitaria
[Monterrey] 1958
Yllera,
Alicia. Estilística, poética
y semiótica literaria. Madrid: Alianza Editorial, 1979.
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